7/07/2014

LA ESPERA



Ella se sentó a esperar a la salida de Tribunal, no sabía bien el que, ni a quién, solo se quedó ahí, sola, esperando. 
Me fui a por tabaco al kiosco que hay a la salida del metro y me volví un par de veces mientras me devolvían el cambio, mientras ella apartaba sus ojos como si el suelo fuera la mejor de las fotografías. Y es que mirarnos de vez en cuando, como el que mira pasar todas esas golondrinas que vigilan los barrios, era la opción más acertada.
Iba vestida de verano, con unos vaqueros cortados a tijera, muy cortos, una camiseta que rezaba rock & roll y unas zapatillas que sabían bailar en la cuerda floja. 
Llevaba unas gafas como aquellas que lucía Lolita, esas horribles gafas de corazones que no le sientan bien a nadie. 
Convirtió aquellas gafas en mis favoritas. 
Ella pasó a ser durante unos minutos, la ciudad más peligrosa del mundo, ese peligro en el que es fácil patinar, en el que es imposible no tropezar , el que hace del día una canción sin un final pulido, una pieza de Jazz improvisada.
Me la imaginaba como Catherine Zeta-Jones en Alta fidelidad, de espaldas poniéndose aquella camiseta de los Pretenders.
El ajetreo habitual entre Fuencarral y Bilbao se detuvo de repente cuando la cacé mirándome durante el medio segundo que tardó en apartar sus ojos de mí, mientras se hacía nudos en el pelo.
Ella era de sonrisa salvaje y sus ojos, parecían el primer disparo en un duelo a gatillo rápido.
Pensé que sería perfecto que se fuera acercando hacia mí, como Natalie Portman en Closer, y que tras unos segundos de silencio mirándonos, me dijese un
 -"hola, desconocido"-
Me gusta pensar que en sus cascos sonaba Paul Simon, porque todas las chicas que me parecen interesantes aman las canciones buenas y en algún momento alguna me ha partido en dos cuando en su habitación sonaba  “American tune” o “I’m a rock”.
Ella siguió esperando nada y a mí me hizo esperar todo de aquella espera .

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